30/08/2009

Verano en las gradas (Summer on the terraces)








"Que me odien, con tal de que me teman." Calígula, emperador romano del siglo I
Un soldado británico que lucha en Afganistán tiene un hijo de nueve años al que le apasiona el fútbol. El hermano del soldado tuvo la feliz idea de decirle al niño, que echa muchísimo de menos a su papá, que le llevaría a su primer partido. Este fin de semana. El niño pasó un par de noches sin apenas dormir, de la emoción. Hasta que vio en televisión imágenes de las batallas campales que se libraron el martes antes, durante y después de un partido de Copa entre fanáticos del West Ham United y el Millwall, dos equipos del este de Londres. Un hombre resultó apuñalado de gravedad y hubo varios heridos más. El niño llamó por teléfono a su tío y le dijo que le daba miedo ir al estadio, que prefería no ir.
Cuatro días antes del enfrentamiento entre los hooligans londinenses un jugador del West Ham, Calum Davenport, fue atacado en su casa por dos hombres. Le apuñalaron una y otra vez en las piernas. Cuando llegó el jugador al hospital se temía que tuviera que sufrir una amputación. No se llegó a ese extremo y ahora parece existir la posibilidad de que algún día Davenport, si se recupera psicológicamente del horror que vivió, vuelva a jugar.
Entre aquellos dos episodios, el domingo por la noche, el Barcelona jugó el partido de vuelta de la Supercopa de España contra el Athletic de Bilbao. Dos amigos londinenses fueron a ver el encuentro en el Camp Nou. Se quedaron maravillados. No tanto por el juego del Barça, aunque confesaron el orgullo que sintieron al haber visto en vivo y en directo a Leo Messi, sino por lo civilizado (la palabra que ambos usaron) que fue el comportamiento de los aficionados. El ambiente era tan familiar, comentaron, atónitos; había tan buen rollo; y (la sorpresa más grande) los aficionados se interesaban más en animar a su equipo que en lanzar insultos a los jugadores rivales. "¡Wow! ¡Wow!" decían. "¡Una experiencia bonita e inolvidable!".
E irrepetible en Inglaterra. No es que lo sucedido en el partido entre el West Ham y el Milwall, cuyos aficionados parecen destestarse tanto como los talibanes y los soldados británicos en Afganistán, ocurra todos los días. Ese tipo de escenas, tan frecuentes en los años setenta, se habían casi desterrado del fútbol inglés. Pero el grado de grosería, categóricamente no apta para menores, no ha bajado en intensidad. El ambiente es feo, hostil en los estadios ingleses; se respira alcohol, odio y sed de sangre. Para disfrutar del fútbol hay que encerrarse en una burbuja protectora, saber aislarse de la atmósfera venenosa que a uno le rodea.
Sería útil recordar esto la próxima vez que la prensa inglesa acuse a los aficionados españoles de ser racistas (por cierto, cada vez que un jugador negro del West Ham tocaba el balón el martes pasado, los fans del Milwall imitaban sonidos de mono), y tampoco estaría mal que lo recordaran algunos de esos intelectuales españoles que lamentan lo borde que es la sociedad española comparada con las grandes civilizaciones del norte. Será verdad que los ingleses leen más libros que los españoles y que la clase política española gana a la inglesa por goleada en el deporte de los insultos banales. Pero en cuanto a la totalidad de la sociedad, la española es a la inglesa lo que la antigua Grecia a las hordas vikingas. No hay que ir a un partido de fútbol para comprobarlo; basta con ir a cualquier balneario mediterráneo y contrastar el comportamiento de los turistas ingleses con el de los nativos.
Cuando Joan Laporta o Florentino Pérez hablan del espectáculo en el fútbol se refieren a la calidad estética del juego. Los ingleses no entienden el concepto. Para ellos ganar, aniquilar al enemigo, es el alfa y el omega del deporte que inventaron. Y cuanto más se parezca el ambiente en los estadios al del coliseo romano, en tiempos de Calígula, mejor.


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